LUCHA DIARIA
¿Se apaga la máquina? Desafíos para el cooperativismo argentino

Adentro del galpón, la luz empieza a escasear. Los reflejos de un día nublado que se despide, apenas si logran ingresar por las rendijas que se han hecho lugar sobre uno de los costados de esa gran estructura, justo entre la pared y el techo.

Esos haces de luz permiten distinguir unas cuantas máquinas que, con el polvo que se ha acumulado sobre su superficie, aparentan más antigüedad de la que realmente poseen. Gran parte de esa osamenta ferrosa ya no se puede utilizar. Parece que estuvieron mucho tiempo sin ser utilizadas y luego fue imposible arreglarlas. Tan solo una decena de esos aparatos se utiliza actualmente.

Son casi las seis de la tarde de un miércoles del junio que se fue hace sólo algunas semanas atrás. En una habitación de esa fábrica, que hace las veces de oficina de administración, de comedor y de sala de reuniones según el momento del día, un grupo de unos veinte trabajadores y trabajadoras conversan, debaten, discuten. El humo de algunos cigarrillos torna lúgubre la atmósfera. El olor del café, en cambio, atenúa esa sensación sombría, volviéndola más amigable. Fin de la jornada laboral y momento de balance, aunque por primera vez en años, la paciencia de la mayor parte del grupo empieza a mostrar claros signos de agotamiento.

Nuevamente se rompió la máquina envasadora. Esta vez parece que fue el cabezal dosificador. Sin ella, se hace difícil cumplir con los compromisos de esta semana. La preocupación se agranda y desgasta la entereza del grupo. Para colmo, llegó la cuenta de la luz y el aumento fue brutal. Todo esto se discute buscándole una vuelta al asunto de la forma más serena posible. Sin embargo, por momentos la charla se pone espesa, alguno pierde el control y pega un grito; es la manera que algunas personas encuentran para descargar la bronca y la rabia contenida. Lo que sucede es que han sido años de mucho esfuerzo, en los cuales se pudo colocar a la fábrica de pie. Abandonada por sus antiguos propietarios, hoy está en marcha gracias al trabajo cooperativo de sus trabajadores y trabajadoras. Pero ahora los aumentos en los servicios y la baja en las ventas colocan nuevos interrogantes sobre el futuro de la organización, para los cuales todavía no hay respuestas.

El 2 de julio pasado se celebró el Día Internacional del Cooperativismo. Si bien la fecha fue establecida en 1992 por la Asamblea General de la ONU (1), el cooperativismo es un concepto, una práctica y un proyecto político con contenido específico, según un tiempo y un espacio determinado. En Argentina en general, y en Mendoza en particular, esta práctica cobra vida y se renueva día a día. De manera muy general, se puede decir que una cooperativa es "una asociación autónoma de personas que se han unido voluntariamente para hacer frente a sus necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales comunes por medio de una empresa de propiedad conjunta y democráticamente controlada"(2). Si bien se puede mencionar que, desde los mismos comienzos de la vida humana, las personas han creado formas más o menos equitativas y solidarias para resolver sus necesidades, uno de los primeros impulsos a estas formas de organización colectiva (cooperativas, mutuales, asociaciones) data del siglo XVIII y XIX, cuando en Europa se idearon algunas respuestas desde el asociativismo a los efectos sociales de la Revolución Industrial (de la mano de Robert Owen en Inglaterra y Charles Fourier en Francia). Esta oleada cooperativista tuvo su correlato en los países latinoamericanos gracias al aporte de la inmigración europea que llegó a estas tierras tanto en el siglo XIX como a comienzos del siglo XX.

Luego de décadas de un relativo adormecimiento del movimiento cooperativista, con la implementación del modelo neoliberal en las décadas de 1970, 1980 y 1990, en varios países de Nuestra América se renovaron las respuestas a la crisis socio-económica que resultaban de esas políticas. Esta vez, "Economía Social y Solidaria" fue el rótulo utilizado, de manera general, para denominar a estas prácticas. En Argentina, esta crisis tuvo sus años más álgidos a fines de la década de 1990 y principios de la década de 2000. Como resultado de ello, vastos sectores sociales recurrieron a estrategias asociativas para hacer frente a las necesidades materiales y subjetivas que existían por aquel entonces. Emprendimientos asociativos, recuperación de empresas, ferias populares, clubes de trueque, organizaciones sociales del campo y la ciudad dedicadas a la producción de bienes y servicios, le permitieron a una parte importante de la sociedad capear aquel temporal socio-económico. La gran mayoría de esas experiencias fueron (y son) llevadas a cabo "sin pedir permiso", de hecho, sin una adecuación a la legislación vigente por aquel entonces, justamente porque a esas leyes se les escurría una realidad social dinámica, cambiante y sobre todo, urgida de respuestas. Asimismo, numerosas experiencias no sólo encararon la difícil tarea de organizarse "puertas adentro" sino que, tanto por necesidad como por la intensión política de extender sus principios cooperativos hacia otros espacios sociales, coordinaron acciones junto a otras organizaciones a nivel nacional. Ejemplo de ello lo constituyen hoy la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) y la Asociación Gremial de Trabajadorxs Cooperativistas Autogestivxs y Precarizadxs (AGTCAP) entre las cooperativas de trabajo, o el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas y el Movimiento Nacional de Fábricas Recuperadas, para nuclear a las empresas bajo control de sus trabajadores y trabajadoras.

Con el paso de los años, muchas de estas organizaciones se fortalecieron gracias al compromiso de sus integrantes y de la sociedad en general. Por su parte, el apoyo del Estado tomó cuerpo en determinados aspectos como por ejemplo, el caso de la herramienta del microcrédito para organizaciones de base comunitaria y productiva, que si bien lejos está de resolver problemas de fondo, ha colaborado con el desenvolvimiento de numerosos procesos productivos. Tal es así que alrededor de 1.800 organizaciones sociales (que incluyen a casi 5.000 técnicos), han aplicado localmente en forma directa la metodología de microcrédito, desde que se creó a nivel nacional la Comisión Nacional de Microcrédito (CONAMI)(3). En tanto fuerza de trabajo de la Economía Social y Solidaria, se estima que el sector involucra hasta 1,5 millón de trabajadores y trabajadoras(4), representando su producción de bienes y servicios el 10% del Producto Bruto Interno (PBI)(5).

En el caso de Mendoza, algunos de estos actores con "nombre y apellido" que han llevado a cabo una importante labor en los últimos años han sido las diferentes empresas recuperadas nucleadas en la Mesa de Empresas Recuperadas; las diversas ferias de productores, muchas de las cuales son impulsadas en diversos departamentos por el Instituto de Tecnología Agropecuaria (INTA); la Unión de Trabajadores sin Tierra (UST) que, con su producción de base agropecuaria, abastece de alimentos no sólo a la provincia sino también a otras partes del país; la Bioferia en el barrio Cano; El Arca y El Almacén Andante, organizaciones encargadas de la tarea de comercialización; grupos productivos diversos cooperativizados como Crece desde el Pie en el Valle de Uco, Cooperativa Aiyú y Cooperativa La Chipica en el Gran Mendoza; y así la lista continúa. Desde 2010, gran parte de estas organizaciones, junto a entidades estatales como por ejemplo la Universidad Nacional de Cuyo, la Secretaría de Agricultura Familiar y diferentes municipios, vienen llevando a cabo el Foro de Economía Social Mendoza. En 2012, impulsado por este espacio de coordinación surgió la Ley N° 8.435 que establece un Programa de Promoción de la Economía Social y Solidaria(6) para la provincia, herramienta que otorgaría reconocimiento legal a numerosas experiencias económicas surgidas en estos últimos años, además de apoyo técnico y económico. Si bien la ley fue sancionada y posteriormente reglamentada, lamentablemente no cuenta con presupuesto, por lo que sus alcances son acotados.

El invierno de 2016 encuentra nuevamente a estos trabajadores y trabajadoras junto a sus organizaciones en estado de alerta. La suba de tarifas, una mayor apertura a las importaciones y la caída del mercado interno ponen en peligro la continuidad de una gran parte de estas organizaciones económicas. Algo de todo esto refleja el último informe del Observatorio de Empresas Recuperadas(7) como así también lo demuestran las noticias que día a día anuncian el cierre de pequeñas y medianas empresas. Ante esta nueva coyuntura nacional, surgen variados interrogantes: ¿Podrán las diversas formas cooperativas hacer frente a los numerosos obstáculos económicos que les depara el futuro inmediato? ¿Será la salida individual la opción a seguir? ¿O será preciso profundizar aún más el camino del asociativismo?

Quizás algunas pistas para la resolución de estas dificultades ya las estén dando algunos procesos en pleno desarrollo. A nivel nacional, la reciente recuperación del diario Tiempo Argentino por parte sus trabajadores y trabajadoras o la transformación en cooperativa de la librería Adán Buenosayres semanas después de haber anunciado su cierre, pueden tomarse como caminos a seguir. En Mendoza, la compra por parte de los trabajadores del frigorífico recuperado La Lagunita es un indicio que alientan la organización de las bases para defender puestos de trabajo y continuar alimentando el amplio movimiento cooperativo en Argentina.

Por último, queda aún por responder otra pregunta tan relevante como las anteriores: ¿cuál es el rol del Estado frente a estos nuevos obstáculos? O acaso el interrogante pueda plantearse en los siguientes términos: ante las principales políticas económicas que ha encarado el actual gobierno nacional, ¿cuál es el verdadero margen de maniobra de los entes públicos específicos en estos temas, ya sea a nivel nacional como provincial?

Mientras tanto, Lidia, la encargada de cerrar la fábrica durante junio, termina de apagar las luces del galpón, ordena algunos papeles que quedaron sobre el escritorio en la "sala de reuniones", corre las cortinas que alguna vez fueron blancas y se despide de sus compañeros y compañeras: "Hasta mañana Lidia", le dicen. "Hasta mañana Rosita, hasta mañana Mario", dice ella. Finalmente llega al portón, le coloca la traba como es costumbre en la fábrica y al dar la última vuelta a la llave que cierra el candado, se pregunta si mañana, ese mismo candado se volverá a abrir para iniciar una nueva jornada de trabajo. No lo sabe. La única certeza que tiene es que allí estarán, nuevamente, ella y sus compañeras y compañeros de trabajo.

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